Golpe del narco y la impunidad en Bolivia

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Eduardo Feinmann: El socialismo del siglo 21 concentra toda su fuerza en Bolivia para proteger su narcoestado y a Evo Morales. A seis meses de haber llegado a la presidencia, Rodrigo Paz enfrenta el dilema que ha marcado la historia reciente de Bolivia: administrar el aparato heredado del Estado plurinacional o desmontar las estructuras de poder y narcoestado construidas durante más de dos décadas por el socialismo del siglo XXI. Bolivia espera reformas profundas reclamadas por una sociedad agotada por la corrupción, la impunidad y el deterioro institucional. La demanda principal era clara: modificar el entramado constitucional y legal que permitió consolidar un sistema político subordinado a intereses ideológicos y criminales.

Las investigaciones que alcanzan a Evo Morales desataron una reacción inmediata de los sectores afines al masismo. Las movilizaciones y protestas actuales no responden únicamente a reclamos sociales o económicos, sino al temor de que se desmonte una estructura de impunidad construida durante años. En ese contexto, Bolivia es un país donde el narcotráfico ha penetrado profundamente las instituciones del Estado.

La dimensión económica agrava todavía más la crisis. Las políticas impulsadas desde 2003 destruyeron la principal fuente de riqueza nacional: el gas. Bolivia pasó de ser un exportador energético estratégico para la región a observar cómo sus antiguos compradores recurren ahora a otras fuentes de abastecimiento. Paralelamente, el crecimiento exponencial de los cultivos ilegales de coca y la presencia de organizaciones criminales internacionales alimentaron el mantenimiento de un “narcoestado” protegido políticamente desde las más altas esferas del poder. El retorno de la DEA y las recientes capturas de narcotraficantes reavivaron ese conflicto.

Sin embargo, el escenario regional ya no es el mismo que permitió el ascenso del eje impulsado por La Habana y Caracas a comienzos de siglo. Hoy, Rodrigo Paz conserva legitimidad democrática y cuenta con un entorno geopolítico menos favorable para aventuras desestabilizadoras. Aun así, Bolivia se aproxima a meses decisivos. El aparato político construido durante la era Morales permanece intacto y conserva capacidad de presión callejera, recursos económicos y conexiones criminales transnacionales. La disputa actual ya no parece limitarse a una pugna electoral: es una batalla por definir si Bolivia logra desmontar el modelo heredado o si las viejas estructuras recuperan nuevamente el control del poder.