Bolivia ante el desafío de terminar el narcoestado
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Junior Arias en «Detrás de la verdad»: Bolivia atraviesa una crisis que va mucho más allá de la fragilidad económica o de las protestas callejeras. El debate de fondo es que el actual Presidente Rodrigo Paz, ejerce el gobierno, pero no el poder real. El aparato estatal construido durante más de dos décadas bajo el modelo del socialismo del siglo 21 ha dejado instalada una estructura que, lejos de responder a los principios republicanos, opera bajo lógicas de dictadura criminal, impunidad, control político y penetración del narcotráfico. Esa maquinaria continúa intacta y condiciona cada decisión del Ejecutivo.
Las movilizaciones de los llamados “ponchos rojos”, los bloqueos y las crecientes presiones sociales son síntomas de una estrategia de desestabilización destinada a preservar ese sistema. En ese contexto, la administración de Rodrigo Paz aparece atrapada entre la necesidad de mantener la gobernabilidad y la urgencia de desmontar una estructura que conserva influencia sobre la justicia, los fiscales, los organismos electorales y vastos sectores territoriales del país. Mientras no exista una ofensiva institucional para recuperar el Estado de derecho, cualquier intento de reforma quedará neutralizado por los mismos grupos que controlaron el poder durante años.
Para recuperar la democracia en Bolivia se debe cambiar las leyes heredadas del modelo plurinacional, acabar con la impunidad y desmontar la presencia del crimen organizado en la política. Bolivia no podrá estabilizarse mientras continúen intactas las redes de protección política y judicial construidas alrededor de figuras como Evo Morales. El Chapare es el símbolo de esa pérdida de soberanía estatal, un territorio donde el gobierno central carece de control efectivo y donde el poder del narcotráfico seguiría operando con capacidad de presión política y social.
El país enfrenta un momento decisivo. O el gobierno asume un proyecto de unidad nacional orientado a restituir la república, fortalecer la justicia y recuperar la soberanía institucional, o Bolivia continuará sumida en una espiral de confrontación y desgaste democrático. El desafío histórico del actual mandatario no es administrar la crisis cotidiana, sino encabezar una transformación profunda que desmonte el sistema que, convirtió al país en un escenario de impunidad, polarización y crimen organizado.
