Cambio geopolítico en las Américas urge a Bolivia desmontar el narcoestado y capturar a Evo Morales
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Ernesto Aguayo en «Al Punto», Bolivia: El retorno de Donald Trump al poder marca un giro profundo en la estrategia hemisférica de Estados Unidos: la seguridad nacional vuelve a ser el eje rector de su política interna y externa. La premisa es clara: el país habría sido objeto de una “guerra híbrida” sostenida durante décadas, en la que confluyen fenómenos como la migración forzada, el narcotráfico, la trata de personas, la desinformación y la desestabilización institucional. Bajo este diagnóstico, la respuesta no es parcial, sino estructural: redefinir la geopolítica regional desde la defensa activa del territorio y sus intereses.
En ese marco, se identifica como origen de estas amenazas a los regímenes vinculados al socialismo del siglo 21 —con epicentros en Cuba, Venezuela y Nicaragua—, a los que se atribuye una articulación con potencias extracontinentales como Rusia, China e Irán. La reactivación de la Doctrina Monroe, complementada con un nuevo enfoque estratégico, implicaría que cualquier forma de injerencia o desestabilización en América sea considerada una agresión directa contra Estados Unidos. Esta reinterpretación redefine el concepto de soberanía regional bajo un paraguas de seguridad compartida.
El cambio doctrinal también se refleja en el paso de la “lucha contra el narcotráfico” a la “lucha contra el narcoterrorismo”, ampliando el alcance del combate a redes criminales que no solo trafican drogas, sino que financian estructuras políticas y terroristas. Operativos militares, interdicciones marítimas y acciones coordinadas en varios países evidencian una ofensiva más agresiva. En este contexto, la captura de Nicolás Maduro es presentada como un punto de inflexión que confirmaría la determinación estadounidense de desmantelar los “narcoestados”.
A nivel regional, iniciativas como el “Escudo de las Américas” reflejan la consolidación de una alianza de países dispuestos a enfrentar conjuntamente estas amenazas. Sin embargo, el bloque no es homogéneo: persisten gobiernos que mantienen vínculos o tolerancia con estructuras del crimen organizado. Esta división traza una nueva línea geopolítica en el continente, donde la cooperación en seguridad se convierte en el principal criterio de alineamiento internacional.
El caso de Bolivia ilustra las tensiones de este nuevo escenario. Señalada como un ejemplo de degradación institucional vinculada al narcotráfico durante los gobiernos de Evo Morales, la discusión gira ahora en torno a la necesidad de reconstruir el Estado de derecho, restablecer marcos legales eficaces y retomar la cooperación internacional, especialmente con agencias como la DEA. Más allá de presiones externas, el argumento central es que la lucha contra el narcoterrorismo no es solo una exigencia internacional, sino una condición indispensable para la estabilidad, la credibilidad y el desarrollo de los propios Estados latinoamericanos.
