Uso de la diplomacia para el crimen por las dictaduras de Cuba, Nicaragua…
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Luis Galeano en «Café con voz»: Nicaragua vuelve a ocupar el centro del debate hemisférico, no como un fenómeno aislado, sino como parte de un engranaje que responde a una lógica mayor: la de un modelo de dictadura de crimen organizado exportado desde Cuba en el contexto de la Guerra Fría.
El sandinismo no solo nació bajo esa influencia, sino que se consolidó como un instrumento de proyección regional. Aunque en 1990 perdió el gobierno mediante elecciones, nunca cedió el control real del poder, configurando así un sistema que ha perdurado y evolucionado hasta la actualidad.
Este modelo de dictadura, replicado en distintos momentos en países como Venezuela, Bolivia o Ecuador, se caracteriza por el uso de las estructuras del Estado para fines que trascienden lo institucional. La diplomacia, las embajadas y las inmunidades son utilizadas como mecanismos de penetración, influencia y desestabilización en otras democracias. Informes recientes de organismos internacionales sobre Nicaragua no hacen más que confirmar este patrón: persecución sistemática, represión política e incluso operaciones extraterritoriales contra opositores en el exilio.
Decisiones como la expulsión de diplomáticos cubanos por parte de Ecuador o la ruptura de relaciones de Costa Rica con La Habana reflejan una creciente preocupación por la seguridad interna y la defensa del orden democrático. Amparados en la Convención de Viena, estos Estados han optado por declarar “persona non grata” a funcionarios que, bajo apariencia diplomática, serían considerados agentes de injerencia. La pregunta que emerge es si el resto del continente seguirá ese camino o mantendrá una relación que ha sido funcional a las dictaduras de crimen organizado durante décadas.
En Nicaragua, además, sectores empresariales han contribuido, directa o indirectamente a la permanencia del sistema, priorizando su estabilidad por sobre principios democráticos. Esta dinámica complica cualquier transición, ya que no se trata solo de reemplazar liderazgos políticos, sino de desmontar una estructura de poder profundamente arraigada.
Con procesos de transformación en marcha en varios países y una presión internacional creciente, Nicaragua aparece como una de las piezas clave en el desenlace. Sin embargo, la experiencia histórica advierte: no basta con la salida de la dictadura para garantizar la democratización. El verdadero desafío radica en desmontar el sistema criminal de la dictadura, reformar las leyes, evitar la impunidad y reconstruir las instituciones. Solo entonces podría hablarse, con propiedad, de una transición real hacia la libertad y democracia.
