Lula, el último jefe del grupo delictivo castrochavista que se cae

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Marián de la Fuente: Lula es el último jefe vivo del socialismo del siglo 21, el guerrillero de los setenta reconvertido en dirigente laboral que fundó el Foro de São Paulo y abrió la puerta de las presidencias a esa corriente. Durante más de veinticinco años ese proyecto institucionalizó el fraude electoral y las “dictaduras electoralistas” en las que el pueblo vota pero no elige, primero en Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador, y luego, con más sutileza, en Brasil, Argentina, Chile, Colombia y México. La consigna de Fidel —“el poder no se entrega”— se convirtió en método.

Hoy Lula retiene el poder por cuarta vez bajo la misma sospecha que lo sacó de la cárcel del Lava Jato sin inocencia demostrada, solo por una anulación formal de jueces que él mismo había blindado. El margen estrecho y los saltos de votos en segundos no son anécdota: confirmarían un sistema de manipulación que ya controla el Tribunal Supremo y el aparato electoral. Desde la Presidencia sostiene a Cuba, a las FARC y el ELN, a Maduro, a Morales y a Ortega; convierte a Brasil en refugio de delincuentes y en base de operaciones del Comando Vermelho y del PCC, mientras el 82 % de los brasileños vive atemorizado por la violencia urbana y evita las calles.

El país está dividido y frenado: décadas de recursos desviados para apoyar dictaduras y a desafiar al dólar han desprestigiado a Itamaraty y han dejado a Brasil lejos del primer mundo al que debía llegar. La geopolítica regional cambia con fuerza desde el año pasado; las democracias y la presión contra el crimen organizado lo dejarán cada vez más expuesto. Pero Lula no entregará el poder. Lo necesita para comprar impunidad y seguir siendo el sostén de los narcoestados que se le caen alrededor. El fraude, si existe, será tapado. Él se queda.