Se acelera el final de dictaduras y gobiernos paradictatoriales en las Américas

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Marian de la Fuente en MegaTv: El siglo 21 debió ser el de la democracia plena en América Latina, pero se transformó en el de la expansión de la dictadura cubana. Desde La Habana se exportó el modelo que convirtió a Venezuela, Nicaragua, Bolivia y el Ecuador de Correa en regímenes autoritarios, mientras se infiltraban gobiernos paradictatoriales en casi toda la región: sistemas que llegaron al poder gracias al aparato cubano-venezolano y que controlan las urnas para que el pueblo vote sin elegir. Hoy, tras la salida de Petro, Boric y tantos otros, solo sobreviven México y Brasil como últimos bastiones de esa red. Los pueblos nunca dejaron de luchar, pero el verdadero punto de inflexión llegó con el cambio de política estadounidense en 2025, cuando Washington priorizó su seguridad nacional —que es también la de todo el hemisferio— e identificó al enemigo real: el grupo delictivo del llamado socialismo del siglo 21, basado en terrorismo de Estado, violación de derechos humanos y dictaduras electoralistas.

El 3 de enero de este año marca el momento histórico. La captura del dictador narcoterrorista de Venezuela; asestó el golpe más duro a la dictadura cubana, que era dueña de la seguridad y de la operación en su principal satélite. Forzada a recoger muertos y heridos, y abandonar el territorio, La Habana recibió el ultimátum claro: devolver la libertad al pueblo cubano o enfrentar las consecuencias. A partir de ahí se despliegan medidas económicas, políticas y diplomáticas que dejan al castrismo aislado, sin la plataforma venezolana y con el apoyo menguante de los últimos gobiernos paradictatoriales. El dinero que financiaba campañas para instalar más de esos regímenes se agota: ya no llega el petróleo ni los recursos de Caracas. Al mismo tiempo, la operación Lanza del Sur contra el narcotráfico y el narcoterrorismo, junto con la decisión de democracias como la ecuatoriana, chilena, paraguaya, panameña y ahora la colombiana, cambia el escenario por completo.

No enfrentamos una disputa entre derecha e izquierda. Lo que está en juego es el crimen organizado y el narcoterrorismo contra la libertad y el desarrollo de los pueblos. Durante más de dos décadas se montó una organización de delincuencia transnacional que usurpó el poder político: los supuestos líderes —Maduro, Ortega, Morales, Díaz-Canel, Correa, Petro, Lula— no son políticos, sino capos que han convertido a sus países en plataformas de guerra híbrida. Narcotráfico, trata de personas, migración forzada, tráfico de armas, desinformación y financiamiento de campañas destrozan sociedades enteras, incluida la estadounidense. Por eso Estados Unidos ha recreado la doctrina Monroe con el corolario Trump: cualquier potencia extracontinental —China, Rusia, Irán— que penetre para desestabilizar el hemisferio occidental ataca directamente a Washington. CUbam Venezuela, Nicaragua y demás bases de esas dictaduras deben retornar a la democracia, con acciones políticas, económicas y, si es necesario, de fuerza legítima.

Estamos viviendo en tiempo real el destierro del mal llamado socialismo del siglo 21. Brasil, con Lula —único fundador vivo de este proyecto criminal que nació en el Foro de São Paulo para salvar a Castro tras la caída del muro de Berlín—, enfrenta elecciones que el pueblo brasilero tiene en sus manos. Lula ha perseguido opositores, encarcelado a Bolsonaro y atacado a las democracias desde el principio de siglo, pero las condiciones están dadas para su derrota. Debemos acompañar este proceso histórico fortaleciendo las instituciones, aplicando el Estado de derecho y las convenciones internacionales contra la delincuencia organizada a quienes usaron el poder para promover el narcotráfico y el terrorismo. Estados Unidos ha regresado a América Latina para apoyar principios: los de la democracia, la libertad y un vecindario que comparta los mismos valores.