En Venezuela se inició el fin del narcoterrorismo que ocupa la política en las Américas

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Napoleón Bravo: La política nació para civilizar el conflicto, no para convertirlo en un instrumento de dominación. La democracia no es simplemente un mecanismo electoral: es el reconocimiento de que la soberanía pertenece al pueblo y de que quienes gobiernan solo reciben un mandato temporal, sujeto al Estado de Derecho, la rendición de cuentas y el respeto irrestricto de las libertades. Cuando esos principios se abandonan, la política deja de servir a la sociedad y abre la puerta al autoritarismo, la violencia y la impunidad.

Durante demasiado tiempo hemos visto cómo, en buena parte de América Latina, la política fue desplazada por estructuras que sustituyeron el servicio público por intereses criminales. Allí donde debían prevalecer el mérito, la capacidad y la representación de los ciudadanos, se instalaron el engaño, la corrupción, el narcotráfico y la concentración del poder. El resultado ha sido el fortalecimiento de regímenes que sofocan las instituciones democráticas y convierten al Estado en un instrumento para perpetuar a quienes lo controlan.

La recuperación de la democracia exige inteligencia política, unidad y una estrategia capaz de acelerar las transiciones sin perder de vista el objetivo esencial: restablecer plenamente el Estado de Derecho, desmontar las redes de impunidad y devolver el poder a los ciudadanos. La reconstrucción institucional no puede limitarse a reemplazar nombres; debe erradicar las estructuras que hicieron posible décadas de abuso.

También debemos comprender que quienes pierden el control político suelen recurrir a nuevas formas de agresión. Si el crimen organizado deja de gobernar, intentará sobrevivir mediante el terrorismo, la intimidación y la desestabilización. Por eso la defensa de la democracia requiere cooperación internacional, instituciones fuertes y liderazgos capaces de privilegiar el interés común sobre las diferencias partidistas. La esperanza solo tendrá sentido si somos capaces de devolverle a la política su verdadera razón de ser: resolver los conflictos con libertad, justicia y respeto a la voluntad soberana de los pueblos.