Venezuela, tutela desmonta el narcoestado usando sus propios mafiosos

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Patricia Poleo: La desgracia de las Américas empezó en 1999, cuando Hugo Chávez tomó el poder en la Venezuela más rica del continente y acudió a salvar la dictadura cubana que agonizaba. Junto a Fidel Castro y a Lula da Silva —arquitecto del Foro de São Paulo— desviaron el rumbo que las Cumbres de los años noventa habían trazado: el siglo XXI como era de democracia plena tras el fin de la Guerra Fría. En lugar de eso, Cuba expandió su modelo, convirtió a su benefactor en dictadura, implantó regímenes en Bolivia, Nicaragua y Ecuador, y sembró gobiernos paradictatoriales en Argentina, Colombia, Chile, México y Brasil. El discurso antiimperialista encubrió miseria, terrorismo de Estado, narcoestados y la mayor migración forzada de la historia.

Estados Unidos tardó en ver que aquella expansión lo atacaba con guerra híbrida: drogas, fentanilo, bandas, tráfico de personas y penetración política.

Con Trump, Washington reordenó su geopolítica, declaró el hemisferio occidental prioridad y reinstaló la Doctrina Monroe que expulsa a China, Rusia, Irán y Corea del Norte. La operación del 3 de enero capturó a Maduro y destrozó el mito cubano de la invasión imposible. Venezuela, ocupada por Cuba, Irán, China y Rusia, quedó bajo una tutela inédita: no ocupación clásica, sino el desmontaje del aparato criminal con sus propios operadores.

Ocho meses después, los ocupantes extranjeros se han ido, el financiamiento al socialismo del siglo XXI se cortó y ese proyecto ya no gana elecciones en la región. Aun así, Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello siguen en escena mientras el sistema se desmonta desde dentro. Exigir milagros instantáneos olvida que veintiséis años de oprobio no se revierten en un semestre. Hay que cambiar las leyes de la dictadura, impedir la impunidad y sacar el crimen organizado de la política.

La luz al final del túnel es la democracia; la prisa solo devolvería el poder a los verdugos. Debemos tener la paciencia del convaleciente y la lucidez de influir sobre el tutor para que la transición sea irreversible.