Del cambio en Venezuela depende la libertad y democracia en las Américas
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Napoleón Bravo: Hablar hoy de Venezuela no es un ejercicio retórico ni una preocupación aislada: es, en rigor, abordar el punto neurálgico del futuro político del continente. Lo que ocurre en ese país no es una promesa lejana, sino un proceso en marcha, cargado de implicaciones regionales. A más de tres meses de un hecho que se presenta como quiebre histórico —la captura del dictador Nicolás Maduro—, el foco ya no debe estar en lo que podría suceder, sino en interpretar con claridad lo que ya está ocurriendo y en cómo acelerar sus consecuencias.
El impacto inicial de estos acontecimientos ha sido profundo. La estructura de poder que sostenía al denominado socialismo del siglo XXI ha sufrido un golpe financiero y geopolítico significativo, especialmente por la pérdida del control sobre recursos estratégicos como el petróleo. Esto no solo debilita al aparato interno, sino que también afecta a sus aliados internacionales, reduciendo la influencia de actores extrarregionales. Paralelamente, en América Latina se percibe un renovado impulso en la lucha contra el crimen organizado, con operaciones más frecuentes y efectivas, lo que sugiere un cambio de clima político en favor del fortalecimiento institucional.
Sin embargo, el escenario venezolano sigue siendo complejo. El desmontaje del sistema no responde a una lógica tradicional de sustitución inmediata del poder, sino a un proceso atípico en el que estructuras del propio régimen aún operan, ahora bajo presión externa. Esta dinámica ha permitido ciertos avances —como la liberación parcial de presos políticos—, pero también evidencia estrategias dilatorias de los sectores que buscan preservar cuotas de poder. En este contexto, el concepto de “transición” debe ser cuestionado, señalado como una herramienta que puede servir más para prolongar el statu quo que para transformarlo.
De ahí surge una tesis central: más que una transición, lo que Venezuela necesita es un cambio. Un cambio real implica la restitución plena del Estado de derecho, la renovación de liderazgos, y la recuperación de las instituciones democráticas. Y ese cambio, debe tener como eje inmediato la convocatoria a elecciones. No en condiciones ideales —que podrían tardar indefinidamente—, sino en las condiciones actuales, como mecanismo para canalizar la voluntad popular que ya se ha expresado con contundencia en el pasado reciente.
La urgencia no es solo política, sino también social. Tras más de dos décadas de dictadura de crimen organizado, con millones de ciudadanos en el exilio y una población sometida a condiciones extremas, la impaciencia es comprensible. Pero también lo es el riesgo de que esa frustración sea manipulada por los mismos actores que buscan sobrevivir. Por ello, el desenlace venezolano no puede dilatarse: de su rapidez y claridad dependerá no solo la recuperación de un país, sino la consolidación democrática de toda una región. Venezuela, hoy, es más que un caso nacional: es el campo decisivo donde se disputa el rumbo de las Américas.
