Cambio geopolítico en las Américas por seguridad Nacional de EEUU y de las democracias
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Alfredo Leuco: Venezuela se ha convertido, una vez más, en el epicentro donde se juega el futuro político de todo el continente. No se trata solo de una crisis nacional, sino de una batalla decisiva por la libertad y la democracia en las Américas, en un contexto donde Estados Unidos ha redefinido su política exterior y, con ello, ha alterado el equilibrio geopolítico regional. La nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense, publicada en noviembre del año pasado, identifica amenazas directas a la democracia: migración forzada, narcoterrorismo, trata de personas, crimen organizado y penetración institucional mediante financiamiento ilegal de campañas.
Cuba y Venezuela son el núcleo operativo del llamado “socialismo del siglo XXI”, señalado como una plataforma de expansión autoritaria que ha sostenido regímenes dictatoriales y redes de influencia en distintos países. Nicaragua permanece como pieza clave del engranaje, mientras que otras naciones —como Bolivia y Ecuador— están atravesando procesos de salida o debilitamiento de ese modelo. El fenómeno, sin embargo, no se limita a dictaduras formales, sino que también ha impulsado liderazgos en democracias mediante apoyo político y financiero.
En este marco, la situación venezolana es un proceso sin precedentes: un intento de desmontar una estructura de poder asociada al narcotráfico y al crimen organizado sin provocar una guerra interna o un colapso violento. No es posible “cortar de raíz” al régimen de un día para el otro, debido a que durante años capturó instituciones clave como la justicia y las fuerzas armadas, además de generar una diáspora masiva de millones de exiliados. Por eso, la transición debe ser quirúrgica, calculada y sostenida, con una presión internacional que evite el derramamiento de sangre.
Tras los acontecimientos del 3 de enero, Estados Unidos ha asumido un rol de conducción directa en una transición “tutelada”, en la que los principales actores del aparato de poder enfrentan un dilema: rendirse ante la justicia o negociar mecanismos de supervivencia política. Sin embargo, cualquier transición real no puede desembocar en impunidad. La restauración democrática, implica el fin de las leyes impuestas por el régimen y la reapertura del país a estándares institucionales legítimos.
El impacto regional ya se está sintiendo: una Venezuela más abierta a la inversión extranjera, un quiebre en el suministro de recursos hacia Cuba y el debilitamiento acelerado del régimen cubano. Potencias extracontinentales como China, Rusia e Irán están perdiendo influencia en la región, mientras crece un bloque de gobiernos democráticos latinoamericanos que respaldan una agenda centrada en el derecho internacional, los derechos humanos y la recuperación de la soberanía institucional.
Cuba podría entrar en su fase final en cuestión de semanas o meses, bajo presión directa de Washington y ante un deterioro social extremo. Hay tres escenarios posibles: una salida negociada del liderazgo cubano, un levantamiento popular con fractura del aparato represivo, o una acción externa coordinada. El continente está entrando en una nueva etapa donde, por primera vez en décadas, la democracia deja de ser indefensa y los dictadores dejarían de ser intocables.
