El crimen organizado que oprime Nicaragua y su fin sin impunidad
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Luis Galeano: La figura de Daniel Ortega, con 80 años y más de cuatro décadas en el poder, simboliza el agotamiento de un modelo político fundado en la violencia, la corrupción y la subordinación al castrismo cubano. Nicaragua vive hoy bajo una dictadura dual, encabezada por Ortega y Rosario Murillo, un régimen que —lejos de representar una revolución— se ha convertido en una estructura criminal responsable de violaciones sistemáticas de derechos humanos, represión política y alianzas con potencias extranjeras como Rusia y China.
Pero el fenómeno no se limita a Managua. Ortega, Maduro, Díaz-Canel y Morales son los rostros visibles de una red continental de crimen organizado disfrazada de “socialismo del siglo XXI”. Cuba sigue siendo el eje de esta estructura mafiosa, Venezuela su brazo financiero, y Nicaragua y Bolivia sus extensiones políticas. Sin embargo, el cambio geopolítico que recorre las Américas apunta a su declive. Estados Unidos y varias democracias latinoamericanas han comenzado a identificar estos regímenes no como gobiernos legítimos, sino como carteles narcoterroristas que amenazan la estabilidad regional y la seguridad global.
En este contexto, la reciente transición política en Bolivia representa una esperanza. Rodrigo Paz ha logrado tomar el gobierno, pero el desafío mayor será tomar el poder, desmantelando las estructuras del narcoestado que dejó el Movimiento al Socialismo. La lección histórica es clara: sin desmontar el sistema jurídico, los aparatos de impunidad y los partidos que sostienen a las dictaduras, la democracia seguirá siendo rehén del crimen. Lo que no se hizo en Nicaragua tras 1990 debe hacerse hoy en Bolivia, si se quiere evitar un retorno de la corrupción y el autoritarismo.
La caída del cartel de los soles en Venezuela —hoy acorralado por sanciones, operaciones antinarcóticos y aislamiento diplomático— marcaría el principio del fin de esta era oscura. La dictadura de Maduro, sostenida por el dinero del narcotráfico, enfrenta una presión internacional inédita. Su destino parece inevitable: rendirse, huir o caer. Y con su derrumbe, se debilitarán las bases criminales que sostienen a Cuba, Nicaragua y Bolivia.
El tiempo del crimen político en América Latina se agota. Ortega podrá morir en el poder, pero lo hará señalado como lo que es: un dictador que convirtió un país en su feudo personal. Sin embargo, la historia ya no se escribe desde el miedo ni desde la impunidad. En las Américas, la democracia no espera el futuro: está actuando en presente continuo.
