OEA fue creada para defender los derechos humanos y la democracia

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Marino Anbía Vivanco: La Organización de Estados Americanos (OEA), fundada en 1948 como garante regional de la paz, la democracia y los derechos humanos, atraviesa su momento más crítico desde su creación.

La OEA vivió su apogeo democrático tras el fin de la Guerra Fría, cuando 34 de sus 35 países miembros eran democracias. Ese impulso culminó en la firma de la Carta Democrática Interamericana en Lima, en 2001, que consagró la democracia como un derecho de los pueblos. Sin embargo, la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 marcó un quiebre. Junto a Fidel Castro y Lula da Silva, creó una coalición —el hoy denominado castrochavismo— que fue capturando instituciones regionales, incluyendo la propia OEA durante la gestión de José Miguel Insulza (2005–2015), vaciándola de sus principios y poniéndola al servicio de gobiernos autoritarios.

La consecuencia, fue la tolerancia a las nuevas dictaduras en Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador con Correa y el fortalecimiento de gobiernos paradictatoriales en México, Brasil, Colombia, Chile y Honduras. En este contexto, la OEA no solo dejó de denunciar crímenes de Estado, sino que, a través de su Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), terminó protegiendo a terroristas mientras ignoraba a sus víctimas.

El giro vino con la elección de Luis Almagro como secretario general en 2015, inicialmente apoyado por el bloque socialista. No obstante, Almagro reorientó su gestión, denunciando los fraudes y las violaciones sistemáticas a los derechos humanos en Venezuela, Nicaragua y Bolivia, y marcando distancia de las dictaduras. Esta posición, sin embargo, se debilita con la llegada de la administración Biden, que, en palabras del analista, ha optado por flexibilizar sanciones y acercarse a regímenes autoritarios como el de Venezuela.

Hoy, con Estados Unidos financiando más del 50% del presupuesto de la OEA pero anunciando su retiro financiero para 2026, el mensaje es claro: si la organización no cumple con su razón de ser, será abandonada. Este es un momento de inflexión que debe ser aprovechado por las democracias —como El Salvador, Argentina o Ecuador— para exigir una reforma estructural. De lo contrario, la OEA corre el riesgo de convertirse en una entidad irrelevante o funcional a las dictaduras.

«La OEA debe volver a defender la democracia y los derechos humanos, o tendrá que extinguirse junto con las dictaduras que hoy protege”.