Del narcoestado a la República: el desafío de Paz para restituir la República de Bolivia
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Idania Chirinos: Bolivia se encuentra ante un punto de inflexión decisivo tras la victoria electoral de Rodrigo Paz, quien llega al poder con la promesa de poner fin a dos décadas de autoritarismo, corrupción y sometimiento al eje del socialismo del siglo XXI. Su triunfo representa una luz de esperanza para un país que ha vivido bajo una estructura dictatorial donde se han perdido los pilares esenciales de la democracia.
Durante los últimos años, Bolivia ha enfrentado una crisis profunda en todos los ámbitos. El país acumula más de 300 presos políticos, entre ellos la expresidenta Jeanine Áñez, y cerca de 28.000 exiliados reconocidos por la ONU. A ello se suma un colapso económico que incluye escasez de divisas, combustible y una industria gasífera destruida, además de la entrega de recursos estratégicos —como el litio y el uranio— a potencias extranjeras. Todo ello, enmarcado en una red de vínculos con el narcotráfico y con regímenes como Cuba, Venezuela e Irán.
El presidente electo ha marcado desde el inicio un rumbo distinto. Tras la primera vuelta electoral, Rodrigo Paz afirmó que Bolivia no votó solo por un cambio de gobierno, sino por un cambio de sistema, apuntando a desmontar la estructura del poder heredada del “evismo”. En ese contexto, se reunió en Washington con autoridades estadounidenses, quienes expresaron su disposición a restablecer relaciones diplomáticas plenas, rotas desde 2008 cuando Evo Morales expulsó al embajador norteamericano y a la DEA. La condición impuesta es clara: democracia, respeto a los derechos humanos y lucha contra el narcoterrorismo.
En materia internacional, Paz ha enviado señales contundentes: no invitará a su toma de posesión a los dictadores de Cuba, Venezuela y Nicaragua, y su política exterior se regirá por principios democráticos. Asimismo, ha mantenido un diálogo con María Corina Machado, líder opositora venezolana, sellando una alianza simbólica en favor de la libertad regional.
Sin embargo, el gran desafío de su gobierno será quebrar la estructura de poder del régimen anterior. Para ello, deberá enfrentar tres tareas fundamentales: desmontar las leyes dictatoriales, garantizar justicia sin impunidad, y erradicar la influencia del Movimiento al Socialismo (MAS) en las instituciones del Estado. Si Paz no toma el poder real —más allá del control formal del gobierno— podría ser rápidamente cercado por una red judicial, fiscal y social aún controlada por el evismo.
El papel de Evo Morales y su capacidad de movilización social podrían convertirse en un factor desestabilizador. No obstante, hay consenso en que el nuevo gobierno debe procesarlo judicialmente por delitos que van desde el narcotráfico y la corrupción hasta violaciones a los derechos humanos. Su impunidad, construida a través de decretos de amnistía, es vista como uno de los mayores obstáculos para el restablecimiento de la justicia.
El futuro de Bolivia dependerá de la capacidad de Rodrigo Paz para consolidar una transición real hacia la democracia. Su gestión, que comienza el 8 de noviembre, marcará si el país logra romper con dos décadas de autoritarismo o si, por el contrario, vuelve a caer en la trampa del continuismo, donde cambian los nombres pero no el sistema. Lo que está en juego no es solo un cambio de gobierno, sino la restitución moral y política de una nación que aspira a recuperar su libertad.
