De la libertad de Cuba depende la libertad de las Américas

Carlos Sánchez Berzaín en el Foro «Cuba 11 de julio 2021”. La lucha por la libertad en las Américas sigue. Interamerican Institute for Democracy. Julio 9, 2025.

La dictadura cubana, instaurada hace más de seis décadas, atraviesa una de sus etapas más frágiles. No por presiones externas ni sanciones internacionales, sino porque ha perdido sus pilares fundamentales: el apoyo del pueblo, la sustentabilidad económica y la narrativa ideológica que durante años la sostuvo. Hoy, lo que queda es una maquinaria de represión sostenida por el miedo, el crimen organizado y el respaldo de aliados ideológicos cada vez más cuestionados.

La gran fractura del régimen cubano comenzó a evidenciarse con el histórico levantamiento popular del 11 de julio de 2021. Desde entonces, la resistencia pacífica dentro de la isla no ha cesado. El lema oficialista “Patria o muerte” ha sido reemplazado por “Patria y vida”, un grito de esperanza que nació del arte, la música y la sociedad civil, tanto dentro como fuera del país.

El pueblo ha despojado a la revolución de su ropaje ideológico para denunciarla como lo que realmente es: una organización criminal que ha sometido al país al hambre, la censura y la represión sistemática. Más de 1.150 presos políticos, según Prisoners Defenders, lo confirman. Todos ellos, torturados y con sus familias bajo amenaza, representan la expresión más brutal del terrorismo de Estado.

En 1959, Cuba era uno de los países más prósperos de América Latina. Hoy, es uno de los más pobres. La dictadura ha destruido toda iniciativa privada, anulado la propiedad individual y convertido al Estado en único dueño de la producción. El resultado: escasez crónica, colapso de servicios básicos y un país dependiente de remesas y donaciones externas.

Este modelo económico ha sido exportado a otros países de la región, repitiendo el mismo patrón de destrucción: Venezuela, Nicaragua y Bolivia son ejemplos de cómo el castrismo ha infectado gobiernos, economías y sociedades, produciendo miseria con mayor rapidez que en la propia Cuba.

Durante décadas, la dictadura cubana se apoyó en una poderosa narrativa: la revolución. El régimen supo aprovechar el prestigio de escritores latinoamericanos del boom literario para legitimar sus crímenes y fusilamientos. Pero hoy, esa retórica está agotada. La revolución ya no seduce; repugna. La cultura, los artistas, los académicos y hasta el exilio cubano han desenmascarado al régimen como lo que es: un sistema de control basado en la violencia, no en la justicia social.

El castrismo no solo ha devastado Cuba; ha extendido su modelo de crimen organizado por el continente. A través de Hugo Chávez, el castrismo se infiltró en Venezuela, y desde allí creó una red de gobiernos serviles que operan como plataformas logísticas: Nicaragua con el sandinismo, Bolivia como narcoestado, Brasil con Lula da Silva y su Foro de São Paulo, México con López Obrador y su sucesora Sheinbaum, Chile con Boric, Colombia con Petro y Honduras con Xiomara Castro.

Muchos de estos líderes son mantienen vínculos ideológicos y estratégicos con La Habana, actuando como cómplices del sostenimiento de un sistema criminal que atenta contra la democracia y la estabilidad regional.

La permanencia del régimen cubano ya no depende de su legitimidad, ni de su eficacia —que no tiene—, sino del silencio cómplice de algunas democracias. Países como Canadá, España, México, Brasil, Chile y Colombia siguen brindando soporte diplomático, comercial o ideológico a una dictadura que perpetúa violaciones a los derechos humanos.

La dictadura cubana dirige una guerra híbrida contra las democracias: fomenta la migración forzada, apoya el narcotráfico, infiltra movimientos sociales y debilita instituciones desde adentro. Mientras tanto, el mundo democrático se debate entre la indiferencia y la omisión.

La dictadura cubana está en fase terminal. La presión no viene del exterior, sino del interior. Sin pueblo, sin recursos, sin legitimidad y sin discurso, el régimen solo sobrevive gracias a la represión. Pero el miedo comienza a perder efecto. La resistencia cívica, sumada al despertar del exilio cubano, marca el inicio de una cuenta regresiva.

El futuro de la libertad en América Latina está íntimamente ligado a la libertad de Cuba. Si la dictadura cae, caerá también su red de apoyo continental. Por eso, es urgente que las democracias de la región y del mundo tomen una posición firme: no hay neutralidad posible frente al crimen organizado disfrazado de ideología.