Derrota de Lula acelera liberación de los pueblos de Cuba, Nicaragua…
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Luis Galeano en «Café con voz»: La derrota de Lula es irreversible porque incluso el voto que no le llegó no es dispersión: es repudio. El Brasil no está bien. Arrastra una crisis económica nacida del entreguismo y del fanatismo con que convirtió al país en instrumento de la lucha antiimperialista del Foro de São Paulo, creado en 1990 como operador del castrismo para sostener la dictadura cubana y, más tarde, el castrochavismo. Esos millones de sufragios a terceros candidatos no volverán a un gobierno que sacrificó soberanía, desarrollo y seguridad ciudadana para proteger dictaduras y narcoestados.
Lula es el jefe vivo de ese proyecto. Desde la presidencia usó la diplomacia, el prestigio de Itamaraty y los recursos federales —el Lava Jato es el escándalo de corrupción transnacional más grande de las Américas— para encubrir crímenes, financiar obras fantasmas y convertir al Brasil en plataforma de Irán, Rusia, China y Corea del Norte. Los gobiernos paradictatoriales que eligió la región le deben lealtad: llegan por las urnas y ponen el Estado al servicio de Ortega, Maduro o La Habana. Su caída el 25 de octubre no es solo un cambio interno; es el fin del principal reducto que aún ampara el crimen organizado y el narcoterrorismo en el continente.
Por eso Bolsonaro gana la segunda vuelta. La inseguridad, el desprecio y la protección visible a bandas como el Comando Vermelho han agotado la paciencia. Cuando caiga el gobierno paradictatorial más grande de América Latina, se achica el tiempo de las dictaduras que quedan y se abren condiciones reales de inversión y desarrollo. Nadie invierte donde no hay seguridad, y la seguridad regional empieza por dejar de usar al Brasil como refugio de delincuentes.
