Gobierno de Bolivia entre la República con estado de derecho o el narcoestado y la impunidad

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Enríque Salazar en «Voz y voto»: Bolivia no enfrenta únicamente una crisis coyuntural. Lo que hoy ocurre en las carreteras bloqueadas, en las protestas callejeras y en el clima de incertidumbre política es el resultado de más de dos décadas de erosión institucional, confrontación ideológica y destrucción progresiva del Estado de derecho. Pretender que un gobierno con apenas meses de gestión resuelva de inmediato el desastre acumulado es ignorar deliberadamente las raíces profundas del problema. El país vive la factura histórica de un modelo que reemplazó la institucionalidad republicana por un sistema de control político sostenido en la división social, la persecución y el deterioro económico.

Bolivia ha dejado de ser una democracia funcional para convertirse en un Estado capturado por intereses políticos y criminales ligados al proyecto construido por Evo Morales y continuado por el masismo. Existe un hecho imposible de ocultar: la desconfianza ciudadana hacia la justicia, la policía y las instituciones alcanza niveles alarmantes. Cuando un país pierde la credibilidad en sus pilares institucionales, la democracia comienza a vaciarse desde adentro.

El presidente Rodrigo Paz enfrenta hoy una encrucijada decisiva. Puede optar por administrar la crisis con medidas tácticas y negociaciones temporales, o asumir el desafío histórico de reconstruir la República, recuperar la autoridad del Estado y desmontar las estructuras que convirtieron a Bolivia en territorio fértil para la corrupción, el narcotráfico y la impunidad. Gobernar no consiste únicamente en resistir conspiraciones o contener bloqueos; implica devolverle al ciudadano la confianza perdida y restaurar el principio elemental de que la ley debe estar por encima del poder político.

Bolivia necesita menos discursos revolucionarios y más instituciones sólidas. Necesita unidad nacional en lugar de división permanente. Necesita política en vez de confrontación interminable. Y, sobre todo, necesita líderes capaces de comprender que ningún proyecto ideológico puede sostenerse eternamente sobre la fractura social, el miedo y el debilitamiento de la democracia. El futuro del país dependerá de si sus dirigentes logran romper finalmente el ciclo de crisis que lo mantiene atrapado entre la esperanza del cambio y el temor al retorno del pasado.