Terminación de las dictaduras de Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Luis Galeano en «Café con voz»: En los conflictos contemporáneos, la llamada “guerra híbrida” ha perfeccionado un mecanismo tan eficaz como cínico: permitir que el agresor actúe de forma indirecta y, acto seguido, presentarse como víctima o mediador. Bajo esa lógica, múltiples regímenes han aprendido a manipular narrativas globales, apropiándose de discursos como la defensa de los derechos humanos o la democracia mientras, en la práctica, los vulneran sistemáticamente. El caso de Cuba, señalado como eje articulador de redes políticas y criminales en la región, ilustra con crudeza esta contradicción: denunciar aquello mismo que se ejerce como política de Estado.

Este patrón no se limita a un país, sino que se replica en un entramado de gobiernos afines que, bajo distintas etiquetas ideológicas, han construido una narrativa común. Reuniones internacionales y declaraciones conjuntas sirven para legitimar regímenes cuestionados, mientras se invoca una supuesta defensa democrática. En ese escenario, el lenguaje se convierte en arma: conceptos nobles son vaciados de contenido y reutilizados como herramientas de encubrimiento. La “transición”, en particular, ha pasado de ser una aspiración legítima a convertirse, en muchos casos, en una estrategia de supervivencia del poder.

La experiencia reciente en Venezuela refleja esta dinámica con claridad. Tras la caída del liderazgo central, el aparato residual del régimen ha optado por una táctica conocida: ceder parcialmente, retrasar decisiones clave y prolongar los plazos. Liberaciones incompletas de presos políticos, promesas de apertura que no se concretan y reacomodos internos sin cambios estructurales son parte de un libreto diseñado para ganar tiempo. No se trata de avanzar hacia la democracia, sino de administrar la presión mientras se preserva el control.

Este fenómeno no es aislado. En Nicaragua, Bolivia y la propia Cuba se observan variaciones de la misma estrategia: aparentes gestos de apertura que no alteran la esencia del sistema. La transición, en estos casos, se transforma en una ilusión útil, una narrativa que permite desactivar tensiones externas sin modificar la realidad interna. El riesgo es evidente: convertir el cambio político en un proceso interminable, donde las concesiones mínimas sustituyen a las transformaciones reales.

Frente a este panorama, la lección es inequívoca. No hay transición genuina cuando quienes la conducen son los mismos actores del régimen que se pretende desmontar. La historia demuestra que los cambios auténticos requieren no solo elecciones libres, sino también una reconfiguración profunda del sistema jurídico, el fin de la impunidad y la exclusión de estructuras criminales del poder político. Sin estos elementos, la transición deja de ser un camino hacia la democracia y se convierte, simplemente, en la más sofisticada de las coartadas.