Cambio geopolítico indica el fin de dictaduras/narcoestados en las Américas

Carlos Sánchez Berzaín en el Simposio «La Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU en América Latina»: El debate sobre la seguridad nacional en América Latina no puede entenderse sin un marco histórico claro: el fin de la Guerra Fría en 1991 abrió una etapa de hegemonía estadounidense y expansión democrática en el hemisferio occidental. La década de los noventa fue, en términos generales, un periodo de estabilidad, cooperación. La Cumbre de las Américas de 1994 en Miami simbolizó ese consenso: democracia, lucha contra el narcotráfico y la aspiración de un mercado común regional. Por primera vez, Washington consolidaba una política bipartidista hacia América Latina, mientras la región avanzaba en la reducción de conflictos internos y en el fortalecimiento institucional.

Sin embargo, ese ciclo comenzó a fracturarse a partir de 1999 con la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela y la consolidación de una alianza estratégica con Cuba y sectores de la izquierda regional. A partir de allí, se configuró un bloque político-ideológico que, con recursos económicos, articulación política y respaldo internacional, impulsó el denominado socialismo del siglo XXI. Este fenómeno no solo revirtió avances democráticos, sino que dio lugar a nuevas formas de poder: dictaduras abiertas y gobiernos “paradictatoriales” que, aunque surgidos de elecciones, operaban subordinados a un entramado transnacional de intereses políticos y criminales.

El punto de inflexión global llegó el 11 de septiembre de 2001. Mientras en Lima se firmaba la Carta Democrática Interamericana, Estados Unidos sufría el mayor ataque terrorista de su historia. La respuesta fue inmediata: Washington reorientó su política exterior hacia la lucha contra el terrorismo, descuidando América Latina. Ese vacío estratégico fue rápidamente ocupado por el eje bolivariano, que expandió su influencia en la región. Para 2015, el mapa político latinoamericano evidenciaba un preocupante deterioro institucional, con múltiples gobiernos alineados o permeados por este modelo.

En ese contexto emergió un fenómeno más complejo: la penetración de potencias extrahemisféricas como China, Rusia e Irán, apoyadas en la estructura política y económica de regímenes aliados en la región. A ello se sumó la consolidación de economías ilícitas, el debilitamiento de la lucha antidrogas y la proliferación de la “guerra híbrida”: migración forzada, narcotráfico, desinformación, injerencia política y crimen organizado transnacional. La seguridad dejó de ser un asunto exclusivamente militar para convertirse en un problema multidimensional que afecta directamente a las democracias.

Frente a este escenario, Estados Unidos ha redefinido su estrategia. Bajo una nueva doctrina que actualiza el principio de defensa hemisférica, Washington considera cualquier injerencia externa en la región como una amenaza directa. Las recientes acciones —desde operativos contra el narcotráfico hasta presiones sobre regímenes autoritarios— reflejan un cambio geopolítico profundo. Ya no se trata de una disputa ideológica clásica entre izquierda y derecha, sino de un conflicto entre países democráticos y estructuras criminales organizadas. Este giro, de carácter estructural, no solo redefine el presente de las Américas, sino que perfila un nuevo orden regional destinado a perdurar durante las próximas décadas.