En Venezuela se define el futuro de las Américas

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Napoleón Bravo: La discusión sobre una “ley de amnistía general” en Venezuela se ha convertido en el nuevo campo de batalla de una transición que, para muchos, ya está en marcha porque no se puede “legalizar” desde un poder que no es legítimo, y además la amnistía —por definición— se aplica a quien ha cometido delitos. En ese marco, los únicos que han delinquido sistemáticamente son quienes capturaron el Estado y usaron el aparato judicial como arma política.

Venezuela es el epicentro del destino político de las Américas. Desde 1999, se consolidó una estructura de crimen organizado transnacional disfrazada de “socialismo del siglo XXI”, articulada alrededor de Cuba y potenciada por el control político y económico venezolano. Esa red, ha funcionado como plataforma regional para la penetración de potencias extracontinentales —China, Rusia, Irán y Corea del Norte— y como motor de desestabilización en todo el hemisferio.

A partir de 2025, Estados Unidos cambia drásticamente su postura y vuelve a considerar a las Américas como prioridad estratégica. Washington identifica los mecanismos de “guerra híbrida” usados para erosionar democracias: migración forzada, narcotráfico, tráfico de armas y personas, bandas criminales exportadas, desinformación, financiamiento electoral y gobiernos paradictatoriales que han servido como piezas intermedias del mismo esquema. El resultado sería un reposicionamiento geopolítico que revive la doctrina Monroe bajo un nuevo enfoque de seguridad hemisférica.

El operativo del 3 de enero de 2026, cuando Estados Unidos detuvo a Nicolás Maduro y lo trasladó a la justicia norteamericana, indica que: las democracias no están indefensas, las dictaduras no son impunes y se demuestra que Venezuela habría operado como una colonia política y operativa de Cuba. A partir de ahí, existe una transición “tutelada”, donde el desmontaje del aparato narcoestatal se ejecuta usando a los propios actores internos del régimen, bajo presión externa y con movilización creciente del pueblo venezolano.

En ese escenario, hay señales de desmoronamiento de la dictadura: movimientos dentro del gabinete, liberaciones parciales de presos políticos, reaparición del liderazgo opositor y un renacer de la protesta ciudadana, impulsada especialmente por mujeres y jóvenes. La represión pierde efectividad porque el poder real ya no reside completamente en el aparato coercitivo local, sino en la agenda y el control internacional que condiciona cada paso. El factor decisivo, sin embargo, es el tiempo: cada día de demora oxigena la estructura cubana, mientras cada avance acelera su colapso.

Finalmente, la amnistía aparece como el gran riesgo: no como instrumento de justicia, sino como maniobra para garantizar impunidad. La advertencia es clara: si se presenta como “perdón” a las víctimas, se estaría legitimando la narrativa de que hubo delitos reales, validando jueces y fiscales represores, y consolidando el “crimen perfecto”. Por eso se debe redefinir la amnistía como nulidad de procesos violatorios de derechos humanos, liberando a presos y exiliados sin blanquear a los verdugos. El mensaje final es que lo que se resuelva en Venezuela no solo marcará el fin de un régimen, sino el inicio —o el fracaso— de una nueva etapa para la democracia en todo el continente.