Desmontar la dictadura/narcoestado en Venezuela
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Marino Ambía Vivanco: El amanecer del 3 de enero marcó un punto de inflexión en la historia reciente del continente. Una operación de alta precisión, sustentada en inteligencia, tecnología y sorpresa, culminó con la captura y traslado de Nicolás Maduro y su entorno inmediato a Estados Unidos para enfrentar a la justicia. El impacto del hecho trascendió las fronteras venezolanas y se proyectó como una señal inequívoca de que algo profundo ha comenzado a cambiar en la dinámica política del hemisferio.
Lo que se observa desde entonces es un reordenamiento geopolítico con epicentro en las Américas. La democracia deja de aparecer como un sistema indefenso frente a regímenes autoritarios y estructuras criminales enquistadas en el poder. Se envía un mensaje claro: la impunidad ya no es una garantía para dictadores ni para redes transnacionales que, bajo disfraces ideológicos, han vulnerado derechos, destruido instituciones y secuestrado la soberanía popular.
En este nuevo escenario, la defensa de la seguridad nacional de Estados Unidos se entrelaza con la defensa activa de la democracia regional. La identificación y el desplazamiento de estructuras de crimen organizado que operaron durante décadas bajo el rótulo del “socialismo del siglo XXI” revelan una estrategia que apunta al corazón del problema: un entramado de poder que utilizó recursos, petróleo y alianzas políticas para expandir modelos de crimen organizado desde el Caribe hacia Sudamérica.
El efecto inmediato de este giro es doble. Por un lado, se reactiva la esperanza en sociedades sometidas por años al miedo, la represión y la concentración del poder. Por otro, se abren expectativas reales de normalización democrática en países donde se habían erosionado principios básicos como la alternancia, la rendición de cuentas, la separación de poderes y la vigencia del Estado de derecho. La normalidad democrática vuelve a definirse como aquello que nunca debió perderse: gobiernos temporales, sometidos a la ley y al mandato ciudadano.
El proceso, sin embargo, no es sencillo ni instantáneo. Desmontar sistemas de crimen construidos durante décadas exige rapidez, decisión y una comprensión clara de cómo estas dictaduras han sobrevivido cediendo figuras, pero preservando estructuras. La experiencia histórica en la región demuestra que el verdadero desafío no es reemplazar nombres, sino desarmar los aparatos políticos, militares y criminales que sostienen al régimen.
Todo indica que el eje central de esta transformación apunta a la raíz del problema continental. La señal es contundente: sin la desarticulación del núcleo que ha irradiado dictaduras de crimen organizado durante más de medio siglo, no habrá una libertad duradera para Venezuela ni para el resto de la región. El momento es histórico y decisivo. Desde las Américas, la geopolítica global parece haber entrado en una nueva fase, en la que la democracia busca, por fin, recuperar terreno con hechos y no solo con discursos.
