Elecciones en Bolivia: La esperanza en la dictadura electoralista

Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Paulo Henrique Araujo y José Carlos Sepúlveda da Fonseca: La realidad objetiva de una dictadura electoralista vs. la esperanza: Bolivia llega a las elecciones generales del 17 de agosto en medio de un clima de profunda crisis política, institucional y económica. El país, parte del eje de dictaduras satélites de Cuba y Venezuela, enfrenta la jornada electoral con más de 320 presos políticos certificados por organizaciones internacionales y alrededor de 27.000 exiliados reconocidos por ACNUR. Entre los detenidos más notorios figuran la expresidenta interina Jeanine Áñez y el gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, lo que revela la ausencia de garantías democráticas.

El marco institucional también evidencia un serio deterioro. No existe independencia de poderes ni un órgano electoral imparcial; al contrario, las instancias clave están bajo control del oficialismo. Las candidaturas opositoras reales han sido bloqueadas, replicando el patrón ya aplicado en Venezuela y Nicaragua, lo que convierte el proceso en una votación sin condiciones de transparencia, pluralidad ni justicia.

En lo económico, Bolivia atraviesa una de sus peores etapas. El gas, antes principal fuente de ingresos y motor de exportación, ha sido prácticamente desmantelado, dejando al país sin divisas y con reservas agotadas. La devaluación encubierta del boliviano, la escasez de combustibles y el encarecimiento de la canasta básica agravan la crisis social. A esto se suma la consolidación del narcotráfico como un actor presente en las estructuras de poder, con denuncias de participación directa de funcionarios del gobierno.

En este escenario, la única “competencia electoral” se da entre facciones del propio oficialismo. Evo Morales, aún con influencia política, promueve el voto nulo desde su bastión en el Chapare, mientras tres candidatos cercanos al régimen disputan el control interno. La oposición funcional, debilitada y fragmentada, aparece como una esperanza relativa, aunque sin la unidad necesaria para desafiar al sistema.

Más allá de los resultados, estas elecciones marcan un punto de inflexión: la dictadura boliviana se encuentra debilitada y dividida, lo que podría abrir un espacio para que, en el mediano plazo, se acelere su desgaste. La verdadera incógnita es si surgirá una oposición capaz de recuperar la institucionalidad republicana y dar un giro hacia la libertad, o si el país continuará atrapado en la estructura del Estado Plurinacional impuesto bajo el socialismo del siglo XXI.