El crimen organizado libera secuestrados a cambio de sus miembros
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Luis Galeano en «Café con voz»: Una reciente operación de rescate de ciudadanos estadounidenses, franceses y venezolanos detenidos en manos del régimen de Nicolás Maduro ha dejado al descubierto una vez más la esencia criminal del socialismo del siglo XXI. Lejos de ser un gesto humanitario o un avance diplomático, la liberación de rehenes ha sido el resultado de una negociación entre actores democráticos y un grupo delictivo que utiliza el secuestro como herramienta de presión internacional.
El presidente Nayib Bukele de El Salvador jugó un rol clave como intermediario en esta operación, en la que el régimen venezolano liberó a decenas de secuestrados a cambio de recibir a miembros del Tren de Aragua detenidos en cárceles de alta seguridad. Mientras tanto, Maduro intenta manipular la narrativa, presentando la operación como un logro propio y desvinculando a Bukele de los hechos.
La táctica de las dictaduras castrochavistas –Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia– ha sido clara: capturar presos políticos o ciudadanos extranjeros como moneda de cambio, reforzando su capacidad de chantaje. Como lo denuncia la líder opositora María Corina Machado, el régimen venezolano aplica la “puerta giratoria”: libera a unos cuantos y encarcela a otros para no perder sus recursos de extorsión.
Este rescate no constituye un reconocimiento del régimen de Maduro. El derecho internacional permite negociar con estructuras criminales para recuperar a rehenes, sin que ello implique legitimar al secuestrador. Se trata de una táctica de rescate, no de acercamiento político.
Además, la dictadura venezolana dejó de ser un proceso político para convertirse en una organización criminal dedicada al terrorismo de Estado y crímenes de lesa humanidad. La debilidad de estas dictaduras es evidente: carecen de respaldo popular, economía y narrativa. Su único sostén es la represión y el control regional proporcionado por la dictadura matriz: Cuba.
En el caso de Nicaragua, la situación es aún más crítica. Daniel Ortega busca perpetuar su poder mediante su esposa Rosario Murillo y su hijo Laureano, imitando a Fidel Castro y Hugo Chávez. Pero la muerte del dictador parece inminente, y con ella podría llegar el desmoronamiento del régimen. Se espera un “Gorbachov nicaragüense” que impulse un cambio interno, como ocurrió en otras dictaduras caídas.
Ortega recibe deportados nicaragüenses en aviones militares estadounidenses mientras mantiene su discurso antiimperialista. Esto refleja la hipocresía de una élite que prioriza el dinero y los privilegios por encima de la libertad de su pueblo. La realidad es clara: mientras haya apoyo financiero, estas dictaduras sobrevivirán. Solo cortando esos flujos de recursos a las dictaduras se podrá poner fin al sufrimiento de millones de ciudadanos.
