La OEA entre defender la democracia o desaparecer con las dictaduras que sostiene.
Carlos Sánchez Berzaín entrevistado por Luis Galeano en «Café con voz»: La Organización de Estados Americanos (OEA) fundada en 1948 con la misión de preservar la paz y defender la democracia en el continente, se enfrenta en 2025 a una realidad que contradice sus propios principios: la consolidación de cuatro dictaduras (Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia) y al menos cinco gobiernos “para-dictatoriales” que, si bien elegidos democráticamente, responden a intereses autocráticos.
El auge del llamado “socialismo del siglo XXI”, liderado inicialmente por Hugo Chávez y sostenido con el petróleo venezolano, permitió la expansión regional del castrochavismo. Este bloque no solo desestabilizó democracias, sino que logró capturar espacios estratégicos dentro de la OEA. La elección de Miguel Insulza en 2005 como Secretario General marcó un punto de inflexión: durante su gestión, se ignoraron violaciones sistemáticas a los derechos humanos, y la CIDH fue instrumentalizada para proteger a los regímenes autoritarios.
Luis Almagro, su sucesor, asumió en 2015 con respaldo de los gobiernos del bloque bolivariano, pero eventualmente rompió con ellos al denunciar las dictaduras de Venezuela, Cuba y Nicaragua. No obstante, su labor se vio limitada por el giro de la política exterior de Estados Unidos bajo la administración Biden, que suavizó su postura ante estos regímenes. Hoy, con un nuevo secretario general que evita llamar dictadura a lo que claramente lo es, la OEA corre el riesgo de convertirse en un cascarón burocrático sin capacidad de acción real.
El asesinato reciente de disidentes y refugiados políticos en países como Costa Rica o Chile —crímenes atribuidos a operaciones transnacionales del castrochavismo— evidencia la peligrosidad de estos regímenes, no solo para sus ciudadanos, sino para la estabilidad hemisférica. Mientras la CIDH intenta recobrar independencia, como lo demuestra la elección de Rosa María Payá, hija del opositor cubano asesinado Oswaldo Payá, los informes tardíos y la inacción diplomática siguen siendo la norma.
La OEA está ante un dilema existencial: o retoma su misión fundacional y actúa decididamente contra las dictaduras y sus aliados encubiertos, o pierde definitivamente su relevancia ante la comunidad internacional. La advertencia es clara: si la organización no defiende activamente la libertad, los derechos humanos y la democracia, su disolución o reemplazo se volverán inevitables.
